Para una espiritualidad del sacerdote diocesano – Segundo Galilea

Tomado de «La revista Católica» 89 (1989), 1083, 201- 206.

 a) Consideraciones previas

  1. En el cristianismo, propiamente hay una sola espiritualidad: hacerse discípulo de Cristo y seguirlo por amor, bajo la guía de la Iglesia. Ahora bien, este seguimiento, y la entrega a la extensión del Reino, a la cual nos lleva, toma modalidades diversas en personas y comunidades cristianas, pues nadie puede agotar la riqueza de la imitación de Jesús. En estas modalidades se acentúan y privilegian uno o varios aspectos de esta imitación y seguimiento, y en este sentido se puede hablar de diversas “espiritualidades” cristianas. La espiritualidad del sacerdote diocesano es una de ellas.
  2. En realidad bastaría hablar de espiritualidad sacerdotal, sin adjetivo, pues el sacerdote, por antonomasia, en la tradición apostólica, es el sacerdote diocesano. Por eso no es tanto el sacerdote diocesano el que debe buscar su especificidad, sino más bien el sacerdote religioso, debido a los elementos peculiares de su familia religiosa o espiritual. Lo específico del sacerdote diocesano no le viene de una familia o escuela espiritual, sino de su mismo sacerdocio apostólico.
  3. Como modo eminente de seguir a Cristo, el sacerdocio diocesano tiene una espiritualidad específica. Pero específico aquí no corresponde siempre a exclusivo. Por su naturaleza básicamente cristiana, en esta espiritualidad -hay elementos que también son del religioso o del laico- lo cual no le quita su naturaleza diocesana. El sacerdote es antes que nada un cristiano.
  4. Por lo mismo, no hay que rechazar algo a priori “porque es de la vida religiosa”. Puede que sea también propio del sacerdote diocesano, por tratarse de algo esencialmente cristiano (v. gr. el hecho de que en una parroquia los sacerdotes recen laudes en común, o que ayunen para la Cuaresma…).
  5. Así, en materia de espiritualidades no hay blanco o negro; por su básica naturaleza cristiana, las fronteras de todas las espiritualidades son fluidas. También hay que tomar en cuenta ciertos hechos, como, por ejemplo, que hoy hay muchos religiosos que viven como sacerdotes diocesanos (son párrocos, etc.); el hecho de que haya algunos que, pudiendo haber sido sacerdotes diocesanos, entraron en una congregación religiosa activa, o el hecho de que personas que probablemente tenían vocación religiosa activa, se ordenaron para el clero diocesano… Pues de hecho no todos entran a un noviciado o a un seminario con conciencia clara de las diferencias.

 

b) Primer elemento fundamental: el ejercicio del ministerio apostólico

  1. En el sacerdote diocesano, su modo específico de seguir a Cristo le viene por el sacramento del Orden -con todas sus implicaciones. No es este el lugar de hacer una teología del sacerdocio ministerial. Basta recordar que por el Orden el sacerdote queda identificado con Cristo en cuanto salvador de la comunidad (con Cristo Cabeza de la Iglesia, según el término clásico). Pues la comunidad, y el pueblo, no pueden salvarse a sí mismos, ni menos santificarse. Ello le viene de Cristo, que le comunica su capacidad salvadora al sacerdote, Este representa sacramentalmente a Cristo salvador entre el pueblo. Esto sucede de modo eminente en la celebración de la Eucaristía.
  2. Igualmente por la naturaleza eclesial del cristianismo y sobre todo del apostolado, c sacerdote recibe el ministerio de Cristo por medio de la Iglesia, condensada en su obispo que lo ordena. Por esta razón el sacerdote diocesano también representa el ministerio de su obispo en la comunidad que le toca servir.
  3. Por ser ministro de Cristo, el sacerdote diocesano está al servicio de toda la Iglesia; su ministerio es potencialmente universal (puede legítimamente trabajar en otras diócesis o regiones de misión). (P.O. 10). Por ser ministro del obispo al servicio de una Iglesia local, su propio obispo está en la raíz de cualquier ministerio, y del envío misionero a cualquier lugar.
  4. El ministerio del sacerdote diocesano en el pueblo lo constituye mediador y representante ante Dios de ese pueblo: como su evangelizador y santificador, es responsable de la animación de la comunidad cristiana. El ejercicio de este ministerio constituye el fundamento específico de su espiritualidad (P.O. 13).
  5. Esta espiritualidad ministerial consiste, a) en que el sacerdote sigue a Cristo en cuanto buen pastor que da la vida por sus ovejas; b) en que interiormente, por el crecimiento de la gracia propia del sacramento del Orden, se identifica más y más con el espíritu de Cristo sacerdote. Pues el ministerio no es sólo una función, sino que es «ser» Cristo en la comunidad; c) la vocación del sacerdote diocesano es eminentemente apostólica, no como un cristiano más, sino como el que hace del apostolado el proyecto de toda su vida. “Ay de mí si no evangelizare” (1 Cor 9,17).

 

c) Segundo elemento fundamental: la caridad pastoral

  1. El sacerdote diocesano no es un profesional del ministerio. Es el sacramento de Cristo Pastor en el pueblo. Debe practicar lo que predica y enseña; debe ser un testimonio vivo de los misterios que celebra; debe ir delante de la comunidad que él anima en el seguimiento de Jesús (P.O. 13). El que hace de Cristo en la Eucaristía, debe comportarse como Cristo.
  2. Su exigencia espiritual primordial es ser fiel a su ministerio, exterior e interiormente (1 Cor 4,2). Para esta fidelidad cuenta con una gracia especial y permanente, que brota del sacramento de la ordenación, pues toda misión que Dios entrega cuenta con una gracia correspondiente.
  3. La condensación de esta gracia es la caridad pastoral (P.O. 10). No simplemente la caridad – propia de su ser cristiano y fundamento de toda espiritualidad- sino de la caridad de Cristo Buen Pastor. (Jn 10). La parábola del buen pastor se aplica a la letra al sacerdote diocesano; nos revela que la caridad pastoral es el alma de su espiritualidad específica.

 

d) Exigencias de la caridad pastoral

  1. La primera exigencia de la caridad del buen pastor es testimoniar una santidad especial, como “modelo de la grey” (liturgia de la ordenación). La segunda exigencia es que el sacerdote diocesano no busca la santidad solamente como un camino de crecimiento personal y de intimidad con Dios, sino en beneficio de su pueblo. Como Jesús, se santifica a sí mismo “para que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17,19). De la misma manera, la intensidad de su santidad, que se expresa por la intensidad de su caridad pastoral, está en relación con la eficacia profunda de su apostolado (P.O. 12).
  2. La caridad pastoral hace al sacerdote diocesano indisolublemente solidario con su pueblo; por su entrega a su evangelización, y el apoyo en el crecimiento de su fe y espíritu apostólico; por su entrega a la defensa de su dignidad y derechos humanos amenazados, y a la causa de los más pobres y oprimidos.
  3. El sacerdote diocesano no tiene unas constituciones o una regla de vida que le marque su ideal de vida cristiana; aquello que constituye el camino específico de la espiritualidad del religioso. Su constitución y su regla son las exigencias de su ministerio, las necesidades del pueblo, y la caridad pastoral que lo impulsa a servirlo.
  4. La caridad pastoral no es sólo con respecto al pueblo. Se extiende igualmente al obispo y a todos y cada uno de los sacerdotes del presbiterio diocesano. Esto no es algo puramente jurídico, o aún fraterno: también marca la modalidad del ministerio sacerdotal. Pues éste no se limita sólo a sentirse responsable de la obra o responsabilidad a que ha sido destinado (lo que sería más propio del religioso). Por estar identificado con una Iglesia local, su caridad pastoral es universal; lo lleva a sentirse solidario con toda la pastoral de la diócesis, y con la misión universal de la Iglesia (L.G. 28).
  5. La caridad pastoral se expresa también por su comunión fraterna y apostólica con el presbiterio. Ello lleva al sacerdote diocesano a participar activamente en los encuentros pastorales (decanatos, zonas, etc.); a apoyarse y ayudarse en el ministerio; a integrar la pastoral de conjunto. La comunión fraterna también se expresa por su participación en equipos de amistad y de vida sacerdotal, libremente elegidos; y se siente llamado a asociarse con otros sacerdotes diocesanos, en movimientos de espiritualidad que lo ayudan en su caridad apostólica y en su espíritu diocesano.
  6. Para el sacerdote diocesano la vida en comunidad no es constitutiva de su espiritualidad, como es el caso del religioso. Su comunidad es la comunidad parroquial o de los grupos que sirve. Esto no excluye la conveniencia, estimulada por la Iglesia, de vivir con otros sacerdotes, de orar y revisarse en común. Pues esto no es algo exclusivo de la vida religiosa; es un valor cristiano, conveniente también para diocesanos y laicos.

 

e) Consecuencias de la caridad pastoral en la espiritualidad del sacerdote diocesano

  1. El sacerdote diocesano recurre, como todos los cristianos, a las fuentes fundamentales de la espiritualidad que la Iglesia ofrece y aconseja: la imitación de Cristo por el amor, la oración y la contemplación, la conversión, los sacramentos, la meditación de la Palabra, el contacto con los grandes santos y las obras clásicas de la espiritualidad cristiana. La caridad pastoral, que articula su espiritualidad específica, no se sobrepone a lo anterior ni lo excluye, sino que lo supone. En verdad la cari- dad pastoral matiza, colorea, y sobre todo integra, todos los valores de la espiritualidad que comparte con los demás cristianos. Veamos los ejemplos más típicos.
  2. Durante su ministerio, el estudio teológico, bíblico, pastoral, etc., del sacerdote diocesano tiene un valor en sí mismo (el crecimiento en la Verdad de la cual él es testigo). Sin embargo, está fuertemente marcado e influido por la naturaleza de su apostolado y por las necesidades y requerimientos de su comunidad. Los encuentros, cursos, retiros y homilías que tiene continuamente que preparar, a veces arduamente, constituyen de hecho el mayor volumen de su trabajo intelectual. Igualmente sucede con su estudio de las ciencias humanas y de la realidad. El pastor (salvo vocaciones particulares) no pretende ser un sociólogo, sicólogo, etc.; se trata, según la parábola, de “conocer las ovejas”, y de conocerlas con una perspectiva pastoral: estar al corriente de aquello que está influyendo en la vida, sobre todo cristiana, del pueblo.
  3. La oración litúrgica y personal, del sacerdote diocesano, tiene por de pronto todas las características de la oración cristiana (adoración gratuita, experiencia de la amistad de Dios, etc.). Pero además está siempre marcada y motivada por su caridad pastoral: el sacerdote siempre ora cargado con los pecados del pueblo y en representación de él. Ruega por él, especialmente por los más alejados y necesitados, y por los que no rezan (P.O. 5 y 13).
  4. Más aún, además de alimentar su oración con las fuentes propias de todo cristiano, el sacerdote la alimenta de manera particular con las experiencias y realidades de su apostolado. Las necesidades, los valores y la presencia del Espíritu que él va descubriendo en la comunidad, inspiran su oración y lo impulsan a orar.
  5. La caridad pastoral, por otra parte, es la que unifica interiormente al sacerdote, e integra su vida y actividades, de suyo muy heterogéneas, variables y dispersas. Aquí habría que mencionar una vez más la celebración de la Eucaristía, como fuente primordial de la caridad pastoral, y a la vez de la integración y unidad de la vida apostólica.
  6. La ascética, la vida de sacrificio y penitencia del sacerdote diocesano (además de las exigencias propias a todo cristiano) no se especifica por una regla de vida (caso típico de monje), sino por la fidelidad a las exigencias del ministerio. El pastor no tiene ayunos prescritos pero sus compromisos apostólicos imprevistos lo dejan a veces sin comer; no se levanta de noche o al alba para la liturgia común, pero las emergencias pastorales lo obligan a dormir poco. El pastor no tiene un horario establecido y exigente que lo arranque de su comodidad, pero el servicio a la gente no le dejará tiempo para pensar en sí mismo. En la ascesis del apostolado, el sacerdote vive la palabra evangélica del buen pastor “que entrega la vida por las ovejas”.
  7. La humildad radical del sacerdote diocesano no consiste en no reconocer sus talentos, o en no aceptar sino cargos humildes… El pastor debe desarrollar sus talentos en servicio de la Iglesia; deberá asumir cargos y responsabilidades importantes. Su humildad radical consiste en la convicción y permanente experiencia de la desproporción que existe entre sus cualidades defectos, y los resultados profundos de su apostolado. La humildad ministerial está en no poner la confianza en uno sino en el poder de Dios que actúa en uno. El pastor sabe que su ministerio está en un vaso de barro (1 Cor 4,1) conoce sus miedos, debilidades e incompetencias (1 Cor 2,3- 5), y la persistencia de su fragilidad y miserias morales (1 Cor 12,10); pero sabe igualmente que por eso mismo, el poder del Espíritu se manifiesta con fuerza en su apostolado.
  8. La obediencia a la Iglesia en el ministerio está marcada por la lealtad apostólica. Su total lealtad con su obispo y con la Iglesia no se agota en una obediencia pasiva, de cumplir lo mandado. El sacerdote diocesano se siente solidario con todas las cosas de la Iglesia. La obediencia apostólica requiere iniciativa, creatividad pastoral, y aportar ahí su propio carisma. La obediencia apostólica no es la tranquilidad, la diplomacia, o el quedar siempre bien, renunciando a exponer y a trabajar, con lealtad al obispo, en lo que el Espíritu le pide para el bien de la Iglesia.
  9. El celibato ministerial evidentemente no es distinto del celibato cristiano, y de sus motivaciones evangélicas conocidas, pero está enriquecido con la motivación apostólica. En el sacerdote diocesano, el celibato “es signo y estímulo de la caridad pastoral”; es “fuente de fecundidad apostólica” (P.O. 16). El celibato es como un “sacramento” de la paternidad espiritual del pastor, de la universalidad de su caridad, de su predilección por los miserables y abandonados que no han conocido el amor.
  10. La pobreza evangélica. El sacerdote diocesano no hace voto de pobreza, ni renuncia a tener. Su pobreza tiene dos aspectos: a) Su propiedad fundamental, a la que debe condicionar todas las demás, es el apostolado y los medios necesarios para ello. No se trata entonces de renunciar a las cosas y gastos necesarios en la pastoral (la pobreza no es el ahorro). Se trata sí de preguntarse en qué pone uno su confianza: ¿en los medios, o en el poder del evangelio? b) El pastor debe dar testimonio de una pobreza personal real y voluntaria. La insistencia de la Iglesia en este punto es constante (P.O. 17). Aquí se da diversidad de situaciones y de vocaciones personales, pero la pobreza evangélica será particularmente urgente si el pastor trabaja entre los pobres (P.O. 17). No sólo por una cuestión de prestigio y para evitar escándalo, sino porque el fruto de la evangelización de los pobres tiene que ver con la pobreza del sacerdote: el anuncio del Evangelio a los pobres es más eficaz por la pobreza del pastor. Algo similar ocurre con la evangelización de los ricos y acomodados, pues se trata de un valor evangélico que a la larga conmueve a todos. En último término, sin fidelidad a su camino propio de pobreza, la caridad pastoral del sacerdote diocesano queda sutilmente limitada; la pobreza es la condición de una caridad verdaderamente universal y fraterna.
  11. El ministerio apostólico, por su complejidad y urgencias, dificulta una espiritualidad muy sistemática, de prácticas regulares. Razón de más para que el sacerdote diocesano se nutra también de su actividad pastoral, en vez de dejar vaciarse por ella. El pastor es como un soldado que está habitualmente en la línea de fuego, y no en un cuartel. Su espiritualidad, en estas condiciones, recibe remezones y algunas heridas; como un soldado en la lucha, su apariencia no siempre es inmaculada. Pero él encuentra, en el mismo trajín apostólico, una fuente de mística y renovación. Nos pueden servir aquí las palabras de una cristiana genuina, cuya experiencia por lo mismo es válida para todos los estados de vida cristiana. Escribe Teresa de Ávila: “Cuando estoy fuera del convento viajando, actuando y fundando, cometo más faltas y no siempre es oro lo que quisiera, pero me santifico más”.

 

En resumen

      • La espiritualidad del sacerdote diocesano es básicamente cristiana. El sacerdote es un cristiano que crece como discípulo de Cristo, a través de las exigencias del ministerio pastoral.
      • Debido a la dimensión básicamente cristiana de su espiritualidad, el sacerdocio diocesano coincide con muchos elementos de la espiritualidad del religioso, del laico o del monje. Pero tiene una identidad propia, y un camino de espiritualidad específica. Este no se sobrepone a su espiritualidad cristiana; más bien la colorea y articula en torno a su vocación ministerial.
      • El sacerdote diocesano se diferencia del religioso (en cuanto a lo específico de sus espiritualidades), por cuanto la del religioso está marcada por su pertenencia a una familia o escuela espiritual; la del diocesano en cambio está marcada por la caridad pastoral.
      • El sacerdote diocesano se diferencia del laico (siempre en lo específico), por cuanto el laico alimenta su espiritualidad promoviendo el Reino por su trabajo y en mediaciones “profanas”. En cambio el diocesano la alimenta promoviendo el Reino incorporado a la mediación y ministerio pastoral de Cristo.
      • La espiritualidad del sacerdote admite un amplio pluralismo de vocaciones y matices espirituales y pastorales -lo cual sucede normalmente en todas las “espiritualidades” cristianas. Hay muchas maneras legítimas de ser un sacerdote diocesano, de ser fiel a las exigencias del ministerio y de realizar la caridad pastoral.