Pbro. Lic. Lucas E. Smiriglia

Un seminarista rígido es quien de una parte hace el todo. Desde allí, «una parte» puede adquirir una dimensión totalizante que lleva a percibir, juzgar y comportarse en la realidad desde una «parte absolutizada». Evidentemente, la parte se inviste de una gran energía afectiva y simbólica, por lo que nunca «esa parte» es simplemente algo, sino que toca casi la totalidad de la persona. Por esto mismo, en las personas con ciertas rigideces, una parte puede convertirse incluso en el criterio de discernimiento vocacional. Es como si tuvieran una lupa que engrandece todo porque se ve todo desde un lente pequeño.

La rigidez de los seminaristas puede ser adaptativa o defensiva. Adaptativa es cuando forma parte de un proceso mayor en el cual la persona se va abriendo a lo desconocido, a un contexto nuevo, y recurre a ciertas prácticas o modos ya conocidos para afrontar con mayor seguridad las demandas que la realidad le presenta. Cuando la rigidez es defensiva, pareciera que pueden pasar los años pero que la persona sigue «cuidando su parte» desde la cual continúa viendo y comprendiendo toda la realidad. Incluso «su parte absolutizada» viene protegida con razones, argumentos, prácticas. En definitiva, todas estrategias para evitar la exploración de un ámbito que es mucho más amplio de lo que parece.

En la estrategia defensiva, una persona rígida muchas veces logra invertir la carga de la duda —haciendo que los mismos formadores se cuestionen si los «rígidos» o «intolerantes» son ellos. Esta estrategia forma parte de la simbolización regresiva, donde la rigidez no solo actúa como coraza individual, sino como un mecanismo de defensa relacional que busca neutralizar la confrontación eclesial.

¿Cómo funciona esta compleja dinámica?

1. Proyección y posicionamiento absoluto: «Desde dónde miro»

El seminarista con una simbolización regresiva y rígida no suele discutir desde la duda, sino desde la certeza moral absoluta («el bien aparente»).

Mecanismo: Cuando los formadores intentan corregir su postura, el seminarista responde encuadrando la corrección como una «persecución», un «laxismo doctrinal» o una «falta de respeto a su piedad». La rigidez actúa como una agresión a la idoneidad de los formadores.

Efecto en los formadores: Al presentar su rigidez bajo la apariencia de una piedad «más pura», «fiel» o «celosa», activa en los formadores el temor de estar reprimiendo una vocación piadosa o de ser ellos mismos «rígidos en sentido inverso» (es decir, doctrinariamente laxos o autoritarios). Los formadores que suelen estar atentos a su propia praxis comienzan un proceso de duda personal o desconcierto. La agresión sufrida mina la confianza.

2. La ambigüedad entre el pensar y el sentir

El seminarista puede utilizar el discurso de la pluralidad y la acogida de la Iglesia para cuestionar la autoridad del seminario:

El argumento capcioso: «¿Acaso el seminario no debe ser plural? Si la Iglesia permite comulgar en la boca o en la mano, ¿por qué ustedes me imponen comulgar en la mano o me juzgan por querer la forma tradicional? ¿No son ustedes los rígidos al no tolerar mi sensibilidad?»

La trampa psicológica: El seminarista desplaza el foco del verdadero problema. El problema no es el rito que prefiere en su fuero privado, sino la actitud de soberbia y ruptura de la comunión al tildar la praxis comunitaria de «abuso». Sin embargo, al plantearlo como una cuestión de «intolerancia del seminario hacia su piedad», los formadores terminan a la defensiva justificando sus propias normas.

3. La compartimentación y el gaslighting espiritual

En la simbolización regresiva, el sujeto vive en la compartimentación («lo mío» en lugar de «lo nuestro»):

Desconexión entre argumento y actitud: El seminarista puede mostrarse exteriormente respetuoso o incluso asumir un papel de victimización piadosa («sufrir por la verdad»).

Efecto de confusión: Esta desconexión hace que el equipo formativo dude de su propio discernimiento: «¿Estaremos siendo demasiado duros con él? Si en definitiva se lo ve bien, es solo una parte, tal vez el problema sea nuestro estilo formativo». La rigidez del seminarista logra así desorganizar el criterio del equipo de formadores.

4. ¿Cómo desenmascarar esta dinámica en el equipo formativo?

El equipo de formadores debe mantener claros tres criterios de discernimiento:

  1. Distinguir el camino del espíritu (Bien Real vs. Bien Aparente): La verdadera fidelidad litúrgica produce caridad, humildad, flexibilidad y comunión (simbolización progresiva). Si la «piedad» del seminarista genera juicio, superioridad moral, descalificación de los hermanos o desobediencia a los superiores, no es un fruto del Espíritu Santo, por más tradicional o devota que parezca la forma exterior.
  2. Reubicar el objeto de la confrontación: El formador no debe dejarse arrastrar al terreno de «quién es más tolerante». La respuesta del formador debe ser clara: «El problema no es tu sensibilidad litúrgica; el problema es que te consideras con el derecho de calificar de ‘abuso’ la praxis legítima de la Iglesia y de tus superiores, poniéndote a ti mismo como ‘la medida de la vocación’ y minando la comunión fraternal».
  3. La prueba de la docilidad eclesial: La verdadera flexibilidad y apertura al bien real se prueba en la capacidad de renunciar a la propia voluntad e imagen («cómo aparezco») para abrazar «lo nuestro» (la vida del cuerpo eclesial). Si el seminarista no puede ceder en un gesto exterior por el bien de la unidad en el primer año, demuestra una incapacidad fuerte que condiciona posiblemente la docilidad presbiteral.

Actitudes del formador

La seguridad y la confianza del formador no provienen del autoritarismo, sino de la claridad diagnóstica sobre cómo funciona la simbolización regresiva y de la coherencia del testimonio personal.

1. Actitud de fondo del formador: las fuentes de su seguridad

  • Claridad en la mediación formativa: El formador debe recordar que no representa sus «gustos personales», sino a la Iglesia e institucionalmente a la comunidad del seminario. Saberse en comunión con la Iglesia le otorga legitimidad para señalar actitudes de rigidez.
  • Testimonio personal de coherencia: El mayor recurso del formador es el ejemplo de sus propias virtudes. Si el formador vive la liturgia y la obediencia con paz, alegría y apertura al bien real, desarma el discurso del seminarista que intenta acusar al equipo de ser «relajado» o «rígido».
  • No necesitar la aprobación del formado: El formador seguro no busca «caer bien» ni teme el juicio o las resistencias del seminarista. Acepta que la confrontación pedagógica genera incomodidad inicial.

2. Metodología para explorar la rigidez en el acompañamiento

En el acompañamiento formativo será necesario pasar del rito al sujeto, es decir, del exterior al interior, y de la norma al significado; de una práctica sostenida a través de mecanismos cognitivos y racionales a una exploración del mundo afectivo, «lo que le afecta» en sus prácticas y significados.

a) Desactivar el debate (firmeza en el encuadre)

Pauta: Cada vez que el seminarista intente volver a la discusión teológica/litúrgica o a calificar la praxis común como «abuso», el formador reorienta el foco con serenidad y rotundidad.

Frase tipo:

«[Nombre], la postura eclesial sobre la comunión ya está definida por la Iglesia y por el seminario. No estamos aquí para debatir las normas. Confiamos en la doctrina de la Iglesia. Lo que me interesa acompañar hoy es qué te pasa a ti por dentro cuando la realidad no coincide con lo que tú consideras ideal».

b) Ayudar a explorar el significado inconsciente y defensivo

Pauta: En la simbolización regresiva, las actitudes sirven para proteger una imagen o controlar la ansiedad («lo mío»). El formador, con un clima de profunda confianza y sin acoso, indaga sobre la vivencia afectiva.

Preguntas para la exploración:

  • «¿Qué emoción o sentimiento aparece en ti cuando ves que los demás comulgan de un modo distinto al que tú prefieres?»
  • «¿En qué otros aspectos de tu vida (estudios, convivencia, horarios) sientes esa misma necesidad de control o de que las cosas sean estrictamente como tú crees que deben ser?»
  • «¿Qué temes que pase si te dejas llevar por la praxis común de la comunidad?»

c) Confrontar el «bien aparente» con el «bien real»

Pauta: Mostrar la inconsistencia entre lo que el seminarista busca aparentar (piedad, celo, santidad) y los frutos reales de su conducta (juicio a los hermanos, división, rigidez, falta de docilidad).

Intervención del formador:

«Dices que buscas la reverencia y el respeto a Jesús Eucarístico, y ese es un deseo noble. Sin embargo, la actitud con la que lo vives te está generando aislamiento, superioridad frente a tus compañeros y desconfianza hacia los formadores. La verdadera piedad produce frutos de paz, humildad y comunión. ¿Te das cuenta de cómo tu actitud (rigidez) está distorsionando el verdadero bien?»

d) Ofrecer alternativas de crecimiento (simbolización progresiva)

Pauta: Proponer pasos graduales y verificables que ayuden al seminarista a transicionar hacia la flexibilización, la interiorización de valores vocacionales y la autotrascendencia teocéntrica.

Tareas pedagógicas: Pedirle conscientemente que haga actos de escucha y apertura a lo eclesial y comunitario como un entrenamiento interior para rendir el propio juicio y confiar en Dios mediado por la Iglesia. Trabajar en la oración personal pasajes evangélicos donde Jesús confronta la rigidez del corazón (p. ej., el fariseo y el publicano, o la curación en día de sábado) para reenfocar la vida sacramental como medicina y no como premio a la perfección.

e) ¿Cómo responder desde el acompañamiento formativo?

Si los formadores entran a discutir en la dimensión exegética o moral («nosotros no somos fariseos»), la confrontación se vuelve estéril. Lo recomendable es abordar la dinámica afectiva e inconsciente:

  • Desarmar la narrativa de victimización con serenidad: «Entiendo que sientas el seminario como una carga pesada en este momento. Pero analicemos juntos: ¿qué es exactamente lo que te pesa? ¿La exigencia de la vida comunitaria, la obediencia, o el hecho de que no siempre las cosas se hagan a tu manera?»
  • Mostrarle la paradoja en espejo: «Es curioso que apeles a los fariseos por el peso de la ley. ¿Te has dado cuenta de que cuando juzgas la liturgia del seminario usas la ley para juzgar a tus hermanos con la misma dureza?»
  • Explorar el origen de su sentimiento de opresión: «¿Quién o qué en tu vida previa te hizo sentir que cumplir las normas era la única forma de ser valioso? ¿Por qué te cuesta tanto confiar en la autoridad del seminario?»

Si el candidato persiste en una postura donde toda corrección es «fariseísmo» y él es la «víctima incomprendida», demuestra un fuerte condicionamiento para entrar realmente en un proceso de formación (inmodificabilidad/falta de docilidad).

Síntesis del rol del formador

Lo que el formador seguro EVITA:

  • Engancharse en discusiones teológicas o ideológicas.
  • Dudar de su autoridad formativa o sentirse culpable por la acusación del formado.
  • Aceptar la compartimentación («soy piadoso por dentro, aunque desobedezca por fuera»).

Lo que el formador seguro REALIZA:

  • Centrar el diálogo en la afectividad, las motivaciones y las actitudes del seminarista.
  • Mantenerse firme en el criterio eclesial y comunitario con paz interior.
  • Exigir integralidad: la fe interior debe manifestarse en la docilidad y la comunión visible.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *